JULIO 14, 2006
Confiscar la palabra cambio
Raúl Rivero
En Gibara, el pequeño puerto del norte de Oriente donde nació Guillermo Cabrera Infante y en el que tenía que decidir entre Cine o Sardina, le decomisaron esta semana sus libros al escritor Luis Felipe Rojas.
Un comando de la policía política, dirigido heroicamente por un tal Capitán Abel, se llevó de la residencia del poeta un ordenador portátil y una impresora láser con escáner, que son propiedad del Obispado de la provincia de Holguín. La Iglesia le había prestado esos equipos al intelectual.
En el inventario del decomiso, aparecen una cámara digital, varios vídeos, discos compactos de música cubana y de su obra poética. Una pegatina y una manilla plástica con la palabra cambio. Varias ediciones de la Declaración Universal de los Derechos Humanos y ejemplares de las revistas Encuentro de la Cultura Cubana, Vitral, La Gaceta de Cuba y Unión (ambas oficialistas), así como recortes de artículos de temas literarios.
Cuando terminó el registro y la incautación del peligroso material, Rojas fue conducido a la Unidad de la Policía y estuvo preso por espacio de cuatro horas. Al dejarlo regresar a su casa, el Capitán Abel le advirtió: «Tienes que permanecer localizable a toda hora porque estás bajo un proceso judicial».
Rojas ha editado cuatro libros de poemas. Este año, una empresa del Estado cubano, la Casa Editora Abril, que controla la Unión de Jóvenes Comunistas, le publicó su poemario Anverso de la bestia amada.
El escritor y otras dos personas, Niurka Valdés y Yosbani Anzardo, habían viajado unas horas antes a la ciudad de Holguín para interesarse por la salud de un amigo común: el opositor pacífico Alexander Santos. El joven había recibido una golpiza frente a su domicilio durante un acto de repudio que le organizaron simpatizantes del Gobierno.
Los visitantes, perseguidos por una brigada paramilitar y bajo una lluvia de palos, tuvieron que abandonar a toda velocidad su embajada solidaria y huir de la ciudad. Este episodio sirvió de pretexto a la policía de Gibara para realizar el registro y apoderarse de las propiedades de Rojas, que las tenía en préstamo de la Iglesia.
Su destino ahora es un asunto grave que se examina en una dependencia de la Seguridad del Estado. Y él es un enemigo del Estado. Rojas es, en Gibara, una sombra que pasa. Un hombre sospechoso que tendrá que aprender a vivir del aire y de los sueños.
Source: El Mundo |